Por Franklin Onésimo Tavárez Sánchez,MAE. /MAM.
La comunicación es uno de los oficios más nobles que puede ejercer el ser humano. Es el puente por donde transita la verdad, la educación, la orientación y el pensamiento colectivo. En nuestros pueblos, es común ver cómo muchos ciudadanos se apasionan por este oficio, reconociendo que no se requiere un título para opinar, pero sí compromiso, respeto al idioma y ética para hacerlo con propiedad. El derecho a comunicar es universal, pero debe ejercerse con responsabilidad.
La democratización de los medios, la radio comunitaria, las redes sociales y los canales digitales han abierto las puertas a una participación más horizontal. Sin embargo, el mismo avance ha permitido que se infiltren voces sin preparación, que en lugar de enriquecer el debate, lo empobrecen. No es justo que todos seamos etiquetados por el mal uso de las palabras, por la falta de dominio del lenguaje o por el irrespeto a las normas de convivencia profesional.
En nuestras comunidades hay verdaderos talentos comunicacionales ( y no nos estamos refiriendo a tener un título de Lic. en Comunicación, pues eso es fácil de conseguirlo al agotar un pénsum universitario), hablamos de voces potentes, comprometidas y éticamente orientadas que merecen ser destacadas. Pero también debemos reconocer que existen figuras que, por desconocimiento o ligereza, hacen de un micrófono un arma de desinformación. Este panorama exige un rol más activo de los gremios, de las universidades, de los institutos técnicos y de los mismos medios formales.
La capacitación constante no debe ser un lujo, sino un deber moral. No basta con leer noticias ni repetir lo que otros dicen; comunicar es interpretar, contextualizar y educar con criterio. Necesitamos promover talleres, diplomados, certificaciones y alianzas estratégicas que fortalezcan el ejercicio comunicacional desde las provincias y los barrios, donde la voz de la gente necesita intérpretes de calidad.
Urge que empecemos a deslindar a los verdaderos comunicadores de los improvisados. No para excluir a nadie, sino para dignificar un oficio que es tan importante como el de un maestro, un médico o un juez. Mi invitación es clara: ejerzamos la comunicación con altura, o bien, capacitémonos para hacerla con dignidad. Al final del día, lo que decimos construye o destruye. La decisión está en nuestras palabras.
Hasta otro próximo granio de arena.






